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jueves, 7 de julio de 2016

Canto del cuento de amor en Tierra de Flores

Camino y miro a todos los sures, cada punto es una estrella que me presagia otra vida, 
cada paso me permite cantar alguna canción y sudando bajo el sol mi pago fue tu sudor, 
negra de mi corazón yo tengo sed en el alma y usted nunca me da calma como me la da el ron.

A dónde puedo llegar, si siempre te estoy buscando, 
todos me han visto cantando de que te amo y te amé.

Entonces voy caminando y veo sobre la montaña la tormenta eléctrica más horrible del mundo, 
y te recuerdo y me desnudo y me ofrezco a los truenos para que me truenen y trino 
como un cantor en el parque frío de uno de esos pueblitos 
en que se encuentran los visitantes, los viajeros y los amantes.

Nada me pasa, me han atravesado cuarenta y tres rayos, soy inmortal pienso, 
hasta que un tambor cae del cielo y me golpea en la cabeza. 
Siento desde ese momento miedo a dormir desprevenido. 
Camino pensando que algo me caerá encima. 

Pero siempre siempre a pesar de tanto miedo y película barata, 
a pesar de los excesivos estilos de goce vital, 
más allá de la terca locura que hipnotiza a la mujer vulgar, 
siempre una gana de bailar salsita, 

un latir de son como de tiple doliente, guajirita mía, si tan solo supieras.

Me tomé un café cuando escampó, me puse a dibujarte en una servilleta, 
se me ocurrió una canción que ya existía, me pareció aun así hermoso 
percatarme de que siempre ha habido alguien viendo llover, 
viendo la gente correr y que siempre no estabas tú.

Revolotean en mis sesos millones de ideas, como un avispero, 
mi alma con mosquitero se mantiene al margen de mis enjambres, 
las ideas me pican furiosamente, ideas que quieren estar en la planta del pie, 
en el parpado, en la mano, como los viajes o los sueños o la caricia respectivamente.

Somos solos contra el mundo conspirando vida, 
invitamos y nos queda al fin cultivar mil soledades, 
y no se a vos, a mí me resulta imposible 
dejar de creer en cuentos. 

Me imagino que mi vida es una novela muy rica de leer en mi voz, de tabaco y ron. 
De marineros y puertos amados. De viajes épicos codo a codo a los amigos. 
De los amigos que eran dioses. De las vidas que ya son muertes. 
De los que sobrevivimos poniéndole la cara de loco al mundo, 
mirando de frente a las mujeres soles para que nos dejen ciegos 
antes que estos benditos chorros baratos.

Llego a la cantina, me quedo callado y escucho.


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